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De los sistemas ideológicos a los valores subyacentes

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Como dijimos varias veces en este blog, los sistemas ideológicos tradicionales tienen el valor innegable de otorgar una visión y una explicación de la realidad social de una manera ordenada, global y coherente. No obstante, como toda categorización la visión y la explicación son arbitrarias, parciales y tendenciosas. Todo sistema “sano” tiende a afirmarse, a reproducirse, a confirmarse. Los sistemas ideológicos funcionan como marcos de referencia. Ese marco, a la hora de definir e implementar políticas concretas es, por un lado, útil y, por otro, práctico: sirve como un compendio más o menos homogéneo de propuestas, idea y formas de reaccionar ante circunstancias diversas.

Sin embargo, el contexto en el cual las políticas puntuales son aplicadas resulta crucial. Una política que pertenece al repertorio categorial de la izquierda puede, si es aplicada en determinadas circunstancias, lograr efectos similares a una política propia del universo práctico de la derecha. Así, por ejemplo, la vieja idea del estímulo al consumo interno que el progresismo siempre defendió puede convertirse en una medida contraproducente en virtud de los efectos que desea lograr (una población local con mayor acceso a bienes y servicios, el estímulo de la economía, etcétera) si es aplicada en un contexto inflacionario en el que no se incentiva de manera paralela el aumento sistemático de la oferta. Lo mismo es cierto a la inversa.

La gestión de la política, a partir de la implementación de medidas, es una tarea de una enorme complejidad. Sostenemos aquí que los sistemas ideológicos tradicionales son insuficientes o están inadaptados para tal gestión. Repetimos. Son un excelente marco de referencia y repertorio categorial. Pero para gestionar políticas quedan alejado de las cuestiones prácticas, contextuales, de los problemas puntuales, resultan generales, inespecíficos o vetustos.

Proponemos un nuevo método. Desoigamos a los sistemas ideológicos tradicionales en tanto recetarios. No nos precipitemos a juzgar una determinada política por perteneciente a tal o cual complejo ideológico. Veamos, en cambio, cuáles son los valores que defiende cada política. Hagamos esos valores explícitos. Estudiemos cuáles son los mejores modos de implementación. Concibamos las alternativa de que disponemos. Evaluemos políticas complementarias. En fin, a la hora de determinar una medida, pongamos en negro sobre blanco cuáles son los valores que esa medida defiende y tratemos de buscar todos los medios para avanzar en esa dirección. Detrás de toda política hay valores subyacentes. Explicitemos esos valores. Estudiemos cómo contribuir a ellos.

El hecho de que se expliciten los valores detrás de las políticas hace que el debate y las discusiones sobre ellas obtengan un carácter objetivo. Se discuten políticas que sustentan valores. No personas ni partidos. Si estamos de acuerdo en el valor a defender, sólo nos queda ponernos de acuerdo en cómo mejorar la política concreta. Ya no hay sujetos discutiendo. No hay partidos ni personalidades. Hay valores a defender y formas de defenderlos. Nada más.

Los valores subyacentes a las políticas –al menos, para su expresión concreta– no deben ser generales o abstractos. El bien, la justicia social, la familia o la tradición nacional son imprecisos. Podemos considerarlos valores de segundo grado. No hay problema. Pero los que conviene explicitar para mejorar la implementación de las políticas son valores más concretos. Combatir el hambre, la desnutrición infantil, la deserción escolar, la inflación o la inseguridad jurídica. Son ejemplos más pertinentes.

Hay, entonces, que explicitar los valores subyacentes a las políticas y definir cómo va a ser medido el éxito de la política concreta sobre estos valores. Toda medición de temas sociales es imperfecta. Claro está. Pero hay que definir una forma de medición, obtener el dato cero y tomar otro dato con el tiempo, sin alterar el método elegido. De esto surge la necesidad de descartar las políticas ineficientes.

Desde este espacio, proponemos una simplificación del accionar político. Cuando se determine una política, debe explicitarse qué valor concreto se desea defender. Se debe pensar en las alternativas que hay para luchar por ese valor. Se debe considerar qué medidas complementarias se pueden tomar. Se debe establecer mecanismos que medirán el éxito de las políticas en cuestión en base a la evolución del valor definido. Se debe aceptar que la política está únicamente orientada a defender una valor y que si el valor no evolucionó positivamente, puede ser por muchos motivos, pero lo que está claro es que la política debe modificarse.

A partir de ahora, trataremos en este blog de explicitar cuáles son los valores subyacentes de cada una de las políticas que propongamos.

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Written by Politica y Politicas

8 abril, 2010 at 13:10

Publicado en Política

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