¿Qué es un sistema ideológico?
Entendemos en este blog que un sistema ideológico es un complejo enervamiento de ideas y prácticas políticas con propuestas de acción relacionadas. Estas propuestas de acción tienen su injerencia en el campo intelectual, en la práctica militante y en la materialización concreta de medidas, legislaciones, normas o regulaciones.
Un sistema ideológico responde siempre a un universo de ideas. Ideas políticas, sociales, filosóficas, morales y estéticas. Nos gusta el término porque no posee la carga negativa que a menudo se asocia al término ideología, ya desde la época en que se definiera como “el velo de la consciencia”.
Creemos además que el concepto de sistema ideológico es más versátil que el de ideología por el hecho mismo de que insiste en la noción de sistema. Se tiende a asociar la ideología con una fuerza hegemónica que modela pensamientos y conductas. En la categoría de sistema ideológico, las fuerzas que interactúan son diversas y, en ocasiones, opuestas. Las prácticas que se pueden adscribir a un sistema ideológico no siempre resultan confluyentes. Están sujetas a la interacción con otras dinámicas, otras ideas, otras adscripciones.
El concepto de sistema ideológico enseña la capacidad de crecer, adaptarse, modificarse que tiene naturalmente todo sistema. Describe la necesidad de evolución de las ideologías, su modificación a lo largo del tiempo, de los sucesos, de las novedades y de los protagonistas.
La sociedad meritocrática
Una verdad innegable. Cuanto más meritocrática es una sociedad, mayores son sus posibilidades de crecer sanamente y de mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Francia es un ejemplo impresionante. El sistema educativo galo actúa de manera calidoscópica. Nos permite entonces analizar un elemento estructural de la sociedad francesa.
La formación superior en Francia está regida por tres tipos de instituciones: las escuelas técnicas, las universidades y las Grandes Écoles. Las escuelas técnicas funcionan de manera similar a la Argentina. Brindan la formación particular en cierto métier, insistiendo en las cuestiones prácticas más que en las teóricas. Tienen la ventaja de proponer títulos intermedios a los dos, tres o cuatro años. Una persona puede detener su preparación en determinados puntos de la curricula e igualmente obtiene un diploma que certifica lo que realizó.
La universidad es pública en su inmensa mayoría. Es de libre acceso. Pero no es completamente gratuita. Hay pagos mínimo y facilidades. Ello ayuda a convocar gente interesada en los estudios.
Las Grandes Écoles evidencian las diferencias más grandes con nuestro sistema (y con la mayoría de los sistemas del mundo). Son instituciones de excelencia. Ofrecen las mismas carreras que la universidad, pero dentro de un sistema que no es masivo, que apunta a las elites y que busca un nivel de formación académica según los más altos standards mundiales. Las Grandes Écoles forman a la elite intelectual, económica y política de Francia. La elite francesa no se educa en cualquier lado. Asiste a las Grandes Écoles.
Se ha argumentado que la sociedad francesa ha obtenido y conservado en el tiempo altos índices de calidad de vida gracias a la existencia de estas Grandes Écoles. Con la existencia de estas instituciones, Francia se asegura la formación más rigurosa y dedicada, en los mayores criterios de excelencia, de su clase dirigente. Aclárese que los criterios de excelencia incluyen no sólo los conocimientos teóricos y la experiencia práctica que requiere cada disciplina, sino también una formación amplia, humanista y una ética férrea. Se asegura asimismo una comunidad compacta e interconectada.
Las Grandes Écoles forman únicamente a una minoría. Reducida. Estrecha. Es la elite que dirigirá la economía, la política y la enseñanza en la Francia de mañana. El país se asegura de que no estará dirigida por personas sin preparación. Se asegura de que será guidado por las personas más preparadas que tiene. De ahí, la enorme capacidad de planificación que enseña la sociedad francesa.
Para una mirada desprevenida, esta estructura de la sociedad puede parecer elitista. Pero no lo es. Y no lo es por un hecho muy particular: el sistema de ingreso a las Grandes Écoles es absolutamente meritocrático. Ingresan en estas instituciones sólo los mejores, aquellos que sus méritos académicos se los permite.
Todo bachiller es libre de rendir el examen de aceptación a una Grande École. Las escuelas preparatorias (las que alistan a los postulantes para los concursos) son en gran parte públicas y gratuitas. Los concursos poseen numerosas instancias y diversos exámenes, orales y escritos. Se evalúa a los postulantes bajo criterios variados y en diversas ramas del conocimiento, no exclusivamente en los de la carrera perseguida. Los temarios son secretos. La corrección es impersonal y pasa por numerosas manos y diversos criterios. Los concursantes mantienen el anonimato. Y son los primeros n puestos los que resultan admitidos.
Francia no es una sociedad meritocrática sólo en su sistema educativo. Lo es de manera profunda. Tomemos un caso más: los trabajadores estatales. Una persona que desea trabajar para el estado tiene una única manera de ingresar: pasar un concurso. Estos muestran una estructura similar a los ya mencionados. Toman en consideración la formación de los requirentes y elementos particulares relacionados a la tarea a desempeñar. Por supuesto, los llamados a concurso son permanentes y públicos. Los temarios y las correcciones están cuidadosamente controladas (en Argentina se podría incluir escribanos y ONGs para desempañar estas verificaciones) y sólo el mejor candidato consigue el cargo.
¿Es tan difícil comenzar a convertir nuestra sociedad en una en la que la meritocracia juegue un rol más destacado? Podríamos empezar por instaurar concursos serios en dos áreas: la función pública y la educación.
Contra la coparticipación del impuesto al cheque
El impuesto a los créditos y débitos bancarios no puede ser coparticipado. Ello implicaría una instauración del impuesto que lo haría sumamente difícil de eliminar. En realidad, el impuesto al cheque es contraproducente en todos sentidos. Perjudica de manera evidente el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas. Es regresivo. Desalienta la bancarización de las transacciones. En gran parte, no se puede compensar con el pago de otros impuestos. Funciona como un impuesto sobre otro impuesto, lo que es ilegal en el país y en el mundo. Lo es porque se cobra un impuesto sobre débitos que se usan, en muchos casos, para pagar otros impuestos (IVA, Ganancias, GMP, etc.).
El impuesto a los créditos y débitos es irracional y perjudicial para la economía en su conjunto. Se aplicó como medida de emergencia en un país que estaba efectivamente en emergencia económica. Hoy ya no es el caso. Por lo tanto, el impuesto tiene que desaparecer.
La mejor forma de eliminar el impuesto es hacerlo de manera gradual. Se debe bajar su alícuota progresivamente, hasta dejar fuera de la base imponible a las PYMES. Es un proceso que puede llevar un año entero o dos. El segundo paso debe dedicarse a la eliminación completa del impuesto.
Los reclamos de las provincias deben, a nuestro entender, dirigirse hacia otro lado. Será éste objeto de otro artículo.
Creemos que esta modificación del impuesto defiende el valor de la equidad tributaria.
La ideología detrás de las políticas
Vemos como constante en distintos países del mundo, tanto desarrollados como en vías de desarrollo, que los sistemas ideológicos han perdido la relevancia que a lo largo del siglo XX han tenido para explicar la realidad y definir políticas. Hoy los electores parecen de acuerdo con la idea (que generalmente expresan candidatos de derecha) de que lo que se necesita es dejar de hablar y comenzar a actuar. Este maniqueísmo obtiene también otras formas: más gestión, menos debate ideológico; o mayores resultados concretos frente a tantas palabras. La derecha se suele excusar en el hecho –que ellos mismos definen– de que su orientación a la gestión termina dando mejores y más rápidas respuestas a los problemas de la gente que las palabras en las que insiste la izquierda. Este discurso no tiene sustento histórico. Pero los electores acuerdan con él. O, al menos, con el hecho de que prefieren acción frente a discurso.
Detrás de cada acción, sin embargo, hay un discurso, un complejo ideológico. Detrás de cada política se esconde un valor. Es crucial que los electores tengamos presente esta realidad. Es crucial que tratemos de identificar cuáles son los valores que se hayan latentes en las políticas concretas. Cuando se gestiona, se está actualizando (poniendo en uso) un valor.
Ahora bien, los discursos tienen una injerencia progresivamente menor en la sociedad. Es una realidad innegable. Muchos de nosotros, formados en el siglo XX, tenemos dificultades en admitir este fenómeno. Pero no hay que ser ni nostálgicos, ni necios. Es la realidad. Los sistemas ideológicos perdieron centralidad. No podemos, entonces, seguir explicando la realidad a partir de ellos a sociedades que no quieren escuchar una explicación semejante. Debemos, pues, encontrar nuevos métodos. Si el ciudadano quiere palpar acciones, hablar de gestión, de materialización de políticas, tal vez, acepte escuchar cuáles son los valores subyacentes a las medidas particulares que se toman o que se evalúan. Es, en definitiva, una forma de poner el foco tanto en la gestión de políticas como en la política, tratando de desde un marco propio del humanismo.
De los sistemas ideológicos a los valores subyacentes
Como dijimos varias veces en este blog, los sistemas ideológicos tradicionales tienen el valor innegable de otorgar una visión y una explicación de la realidad social de una manera ordenada, global y coherente. No obstante, como toda categorización la visión y la explicación son arbitrarias, parciales y tendenciosas. Todo sistema “sano” tiende a afirmarse, a reproducirse, a confirmarse. Los sistemas ideológicos funcionan como marcos de referencia. Ese marco, a la hora de definir e implementar políticas concretas es, por un lado, útil y, por otro, práctico: sirve como un compendio más o menos homogéneo de propuestas, idea y formas de reaccionar ante circunstancias diversas.
Sin embargo, el contexto en el cual las políticas puntuales son aplicadas resulta crucial. Una política que pertenece al repertorio categorial de la izquierda puede, si es aplicada en determinadas circunstancias, lograr efectos similares a una política propia del universo práctico de la derecha. Así, por ejemplo, la vieja idea del estímulo al consumo interno que el progresismo siempre defendió puede convertirse en una medida contraproducente en virtud de los efectos que desea lograr (una población local con mayor acceso a bienes y servicios, el estímulo de la economía, etcétera) si es aplicada en un contexto inflacionario en el que no se incentiva de manera paralela el aumento sistemático de la oferta. Lo mismo es cierto a la inversa.
La gestión de la política, a partir de la implementación de medidas, es una tarea de una enorme complejidad. Sostenemos aquí que los sistemas ideológicos tradicionales son insuficientes o están inadaptados para tal gestión. Repetimos. Son un excelente marco de referencia y repertorio categorial. Pero para gestionar políticas quedan alejado de las cuestiones prácticas, contextuales, de los problemas puntuales, resultan generales, inespecíficos o vetustos.
Proponemos un nuevo método. Desoigamos a los sistemas ideológicos tradicionales en tanto recetarios. No nos precipitemos a juzgar una determinada política por perteneciente a tal o cual complejo ideológico. Veamos, en cambio, cuáles son los valores que defiende cada política. Hagamos esos valores explícitos. Estudiemos cuáles son los mejores modos de implementación. Concibamos las alternativa de que disponemos. Evaluemos políticas complementarias. En fin, a la hora de determinar una medida, pongamos en negro sobre blanco cuáles son los valores que esa medida defiende y tratemos de buscar todos los medios para avanzar en esa dirección. Detrás de toda política hay valores subyacentes. Explicitemos esos valores. Estudiemos cómo contribuir a ellos.
El hecho de que se expliciten los valores detrás de las políticas hace que el debate y las discusiones sobre ellas obtengan un carácter objetivo. Se discuten políticas que sustentan valores. No personas ni partidos. Si estamos de acuerdo en el valor a defender, sólo nos queda ponernos de acuerdo en cómo mejorar la política concreta. Ya no hay sujetos discutiendo. No hay partidos ni personalidades. Hay valores a defender y formas de defenderlos. Nada más.
Los valores subyacentes a las políticas –al menos, para su expresión concreta– no deben ser generales o abstractos. El bien, la justicia social, la familia o la tradición nacional son imprecisos. Podemos considerarlos valores de segundo grado. No hay problema. Pero los que conviene explicitar para mejorar la implementación de las políticas son valores más concretos. Combatir el hambre, la desnutrición infantil, la deserción escolar, la inflación o la inseguridad jurídica. Son ejemplos más pertinentes.
Hay, entonces, que explicitar los valores subyacentes a las políticas y definir cómo va a ser medido el éxito de la política concreta sobre estos valores. Toda medición de temas sociales es imperfecta. Claro está. Pero hay que definir una forma de medición, obtener el dato cero y tomar otro dato con el tiempo, sin alterar el método elegido. De esto surge la necesidad de descartar las políticas ineficientes.
Desde este espacio, proponemos una simplificación del accionar político. Cuando se determine una política, debe explicitarse qué valor concreto se desea defender. Se debe pensar en las alternativas que hay para luchar por ese valor. Se debe considerar qué medidas complementarias se pueden tomar. Se debe establecer mecanismos que medirán el éxito de las políticas en cuestión en base a la evolución del valor definido. Se debe aceptar que la política está únicamente orientada a defender una valor y que si el valor no evolucionó positivamente, puede ser por muchos motivos, pero lo que está claro es que la política debe modificarse.
A partir de ahora, trataremos en este blog de explicitar cuáles son los valores subyacentes de cada una de las políticas que propongamos.
Impuesto al perro
En España existe un impuesto curioso. Es el impuesto al perro. Se trata de un impuesto a las personas que poseen ese animal como mascota doméstica en las ciudades. La lógica es interesante y clara. Como un perro tiende a ensuciar mucho la ciudad, los dueños deben pagar un impuesto extra para contribuir a la limpieza de lo que sus mascotas ensucian.
Se estima que hay unos 430.000 perros en la ciudad de Buenos Aires. Es una de las ciudades del mundo con mayor cantidad de estos animales de compañía. Si se les cobrara los propietarios un impuesto de $100 por año por animal, la ciudad podría recaudar 43 millones de pesos extra. Ese monto debería destinarse a barrer y lavar las calles de la ciudad de manera permanente, en especial, en las zonas de alta densidad de perros.
Tal impuesto limitaría, asimismo, la creciente cantidad de mascotas que hay en la ciudad.
Sería bueno que el Gobierno de la Ciudad, en vez de querer aumentar el impuesto inmobiliario, que ya es caro en parámetros comparativos con otras ciudades del mundo, incluidas las grandes capitales, se dedique a buscar métodos innovadores para mantener las calles limpias.
Quienes pasean sus perros podrían estar obligados a llevar consigo los papeles del animal, así como los dueños de vehículos tienen que andar con la patente al día.
Podría acompañar a este impuesto una multa para la gente que pasea sus animales sin el impuesto pago y para aquellos que no recogen las eses como corresponde.
La caja de herramientas en política
Gilles Deleuze consideró que los grandes compendios filosóficos perdían capacidad explicativa si se los comparaba con la infinita cantidad de relaciones de significados que se pueden establecer al abrir tales sistemas y ponerlos en diálogo con otros componentes de otros sistemas. Deleuze utilizó la metáfora del rizoma para ilustrar las múltiples conexiones que cada categoría establece en su vínculo con otras categorías. Deleuze descreyó de los sistemas únicos y completos capaces de explicar la infinita e incompleta realidad. Propuso, entonces, una forma rizomática de proceder a la hora del análisis intelectual. Dice: “un rizoma no responde a ningún modelo estructural o generativo. Es ajeno a toda idea de eje genético, como también de estructura profunda. Un eje genético es como una unidad pivotal objetiva a partir de la cual se organizan estadios sucesivos; una estructura profunda es como una serie cuya base se puede descomponer en constituyentes inmediatos, mientras que la unidad del producto está en otra dimensión, transformacional y subjetiva. […] A diferencia de los árboles o de sus raíces, el rizoma conecta cualquier punto con otro punto cualquiera, cada uno de sus rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma naturaleza; el rizoma pone en juego regímenes de signos muy distintos e incluso estados de no-signos. El rizoma no se deja reducir ni a lo Uno ni a lo múltiple.”
Deleuze concibió la apertura total de los sistemas filosóficos tradicionales. Es una idea que, en realidad, se remonta a Foucault y a su concepto de redes. Naturalmente, estas concepciones llevan a considerar que toda la teoría no es más que una enorme caja de herramientas, de la cual se pueden extraer las piezas que se necesitan en cada momento, en cada situación particular, en cada caso concreto. El buen uso de esas herramientas nos debe recordar de dónde provienen las piezas que se ajustan o arreglan, cómo están formadas, qué elementos las constituyen, con qué otros elementos están en relación, quién las compuso, quién las arregló antes, etcétera.
Nos preguntamos si no es hora ya de aplicar esta concepción de los sistemas filosóficos como grandes cajas de herramienta a los sistemas ideológico-políticos tradicionales. Tendemos a creer que el fin del siglo XX nos debe llevar a reevaluar los compendios de ideas que nos ayudan a explicar la realidad. Tendemos a creer que los viejos sistemas ideológicos –como todos los sistemas– son limitados. Tendemos a creer que los viejos sistemas ideológicos han perdido actualidad, frescura, capacidad incisiva, capacidad de acción; todos ellos elementos fundamentales para operar en la realidad de manera efectiva para la formación de una sociedad mejor. Proponemos entonces abrir los sistemas y poner en relación todo lo que nos sirva de ellos, siempre teniendo un ojo en qué hay detrás.
Cables en la ciudad
Acá va una propuesta para la ciudad de Buenos Aires: prohibir la presencia de clables por aéreos. La enorme mayoría de los cables que vemos en Buenos Aires son cables de televisión e internet. Se les dio un permiso especial cuando en la ciudad acababa de desaparecer la enorme diseminación de cables aéreos que había. Les recordamos a nuestros políticos. La belleza de la ciudad nos importa a todos. Si un grupo empresarial está ganando muchísimo dinero con un servicio que brinda (cosa que nos parece excelente), tiene que tener la decencia y la obligación de brindar el servicio sin perjudicar a la ciudad en su conjunto. La presencia de cables que atraviezan nuestras cabeza le da un horrible aire tercemundista a una ciudad arquitectónicamente hermosa.
¿Tan difícil es para la legislatura porteña o para el gobierno de la ciudad tomar esta simple medida? En la enorme mayoría de las ciudades del mundo los cables aéreos están rigurosamente prohibidos.
La actualidad de los sistemas ideológicos
Nos preguntamos a menudo si los sistemas ideológicos tradicionales, como el socialista, el comunista, el anarquista, el liberal, el neo-liberal, etc. tienen aún una injerencia decisiva dentro del campo de acción político internacional. ¿Tiene sentido seguir definiendo la realidad política desde los conceptos de izquierda o derecha? ¿Sirven esos sistemas para comprender lo real? ¿Tiene sentido seguir definiendo la compleja realidad política de manera tan maniquea?
La muerte de las ideologías
Eric Hobsbawm concibió un corto siglo XX. Aquel que va desde la Gran Guerra hasta la caída del muro de Berlín. Ese siglo se caracteriza principalmente por un mundo en el que el socialismo posee una injerencia decisiva y en el cual existen posibilidades reales de organizar una sociedad a partir de los preceptos del comunismo.
La erradicación de esta característica llevó a muchos a considerar que el debate ideológico entre derechas e izquierdas pasó a ser irrelevante. Hay una percepción generalizada que indica que la izquierda ha tenido que reestructurarse, modificando su discurso, o ha tenido que sufrir las acusaciones y las consecuencias de un discurso sin actualidad. Inglaterra es un ejemplo de la primera opción. Francia, de la segunda. Aunque la figura de Staruss-Kahn parece estar revirtiendo esta particularidad.
Por otro lado, la derecha se ha beneficiado de la desaparición del debate que imponía la izquierda, pudiendo prescindir de exponer sobre temas frente a los cuales nunca podía construir un discurso coherente, sólido y humanitario. La derecha se permite acusar ahora a la izquierda de su falta de atención a los problemas que ella llama “reales” o “cotidianos”, reprochándole que se dispersa en palabras inoperantes. La derecha se refugia entonces en la noción de gestión y ataca a la izquierda por su falta de eficiencia.
Supongamos que los grandes sistemas ideológicos efectivamente se han derrumbado. ¿Cómo podemos establecer políticas sin un marco que organiza de modo más general una idea, una noción y una guía del entramado social sobre las que las políticas mismas operan? ¿Cómo se pueden analizar, estudiar o pensar políticas que no responden a un sistema ideológico? En definitiva, ¿hay políticas sin ideología? ¿Es la supuesta ausencia de ideologías el triunfo de un sistema en particular? ¿Dónde se ocultan las ideologías detrás de las políticas concretas? Intentaremos descifrar estas cuestiones a lo largo de próximos posts.